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Qué relación existe entre las bacterias y los efectos de las vacunas

Redacción Montecristi
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9 de octubre de 2026
Qué relación existe entre las bacterias y los efectos de las vacunas
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La fiebre, el dolor muscular y el malestar general que algunas personas experimentan después de vacunarse podrían tener parte de su explicación en un lugar inesperado: el intestino. Un estudio publicado en la revista Science apunta a que la composición del microbioma intestinal puede influir en la intensidad de las reacciones inflamatorias que aparecen tras recibir una vacuna de ARN mensajero contra la covid-19. El hallazgo abre nuevas preguntas sobre la relación entre las bacterias que habitan el organismo y la respuesta del sistema inmunitario.

La investigación, dirigida por un equipo en el que participa Ruth Ley, científica del Instituto Max Planck de Biología, sugiere que las diferencias entre las personas no dependen únicamente de la edad, la genética o el tipo de vacuna. El estado inflamatorio previo y determinadas características de la comunidad microbiana intestinal también podrían contribuir a explicar por qué unos pacientes presentan síntomas más intensos que otros.

Las bacterias intestinales y su relación con la fiebre

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Para investigar esta relación, los científicos analizaron a 171 adultos sanos que recibieron una vacuna de ARN mensajero contra el SARS-CoV-2. Los resultados mostraron que las personas que desarrollaron fiebre presentaban determinadas características en su microbioma y signos de inflamación intestinal de bajo grado.

Entre las diferencias identificadas destacó una mayor presencia de bacterias de la familia Lachnospiraceae, capaces de producir flagelina, una proteína que puede activar mecanismos inflamatorios del sistema inmunitario.

La hipótesis es que algunas personas parten de un estado de mayor predisposición inflamatoria. Cuando la vacuna estimula las defensas, esa condición podría favorecer una respuesta general más intensa y aumentar la probabilidad de experimentar síntomas como la fiebre.

Los investigadores reforzaron esta interpretación mediante experimentos con organoides intestinales humanos y ratones libres de gérmenes. En estas pruebas, los microbiomas relacionados con la fiebre provocaron respuestas inflamatorias más intensas y transmitieron una mayor reactividad frente a la vacunación.

Además, el equipo observó una asociación similar en otra cohorte de más de mil adultos. En este grupo, determinadas bacterias de la familia Lachnospiraceae eran más abundantes entre quienes comunicaron síntomas sistémicos, como fiebre, cefalea y dolor muscular.

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¿Puede la alimentación modificar las reacciones a las vacunas?

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es la posible influencia de la dieta. Los experimentos de laboratorio indicaron que ciertos aditivos alimentarios podían aumentar la producción de flagelina. Asimismo, una alimentación de estilo occidental intensificó las reacciones a la vacunación en ratones.

Los científicos también detectaron que los participantes que seguían dietas vegetarianas o veganas parecían tener menos probabilidades de presentar fiebre. Sin embargo, esta observación debe interpretarse con cautela, ya que se basó en información declarada por solo 46 personas.

Ruth Ley advierte de que los resultados no demuestran que cambiar la alimentación antes de vacunarse permita evitar los efectos secundarios. Por ahora, la evidencia apunta a una posible relación entre los hábitos alimentarios, la actividad de determinadas bacterias intestinales y la inflamación, pero todavía es necesario comprobar si esa conexión puede aprovecharse en seres humanos.

La distinción es importante: una asociación científica no equivale a una recomendación médica. No hay pruebas suficientes para aconsejar una dieta específica con el objetivo de prevenir la fiebre después de una vacuna.

Tener fiebre no significa estar mejor protegido

El descubrimiento también obliga a separar dos cuestiones que a menudo se confunden: la intensidad de los efectos secundarios y la eficacia de la vacunación.

Yvelise Barrios, integrante del grupo de Vacunas de la Sociedad Española de Inmunología, considera que los resultados pueden contribuir a explicar algunas reacciones, aunque duda de que vayan a transformar de inmediato la práctica clínica.

La especialista recuerda a El País que desarrollar fiebre no significa necesariamente que una vacuna haya generado una protección superior. La ausencia de síntomas tampoco demuestra que la respuesta inmunitaria haya sido insuficiente.

En la misma línea, Ley señala que el estudio encontró una relación más clara entre las características del microbioma y la aparición de fiebre que con la producción de anticuerpos. La investigación tampoco evaluó si estas diferencias afectan a la duración de la inmunidad.

Por tanto, no es posible utilizar la intensidad del malestar como un indicador fiable de la protección obtenida. La respuesta inmunitaria es un proceso complejo en el que intervienen numerosos factores y que no puede resumirse en la presencia o ausencia de fiebre.

El estado del organismo antes de recibir una vacuna

El inmunólogo Bali Pulendran plantea una perspectiva complementaria: la vacunación desencadena una compleja secuencia de acontecimientos moleculares que prepara al organismo para reconocer un patógeno. Este proceso, que describe como un «Big Bang inmunológico», no comienza desde cero, sino que está condicionado por las experiencias biológicas acumuladas a lo largo de la vida.

La edad, la genética, el metabolismo, las exposiciones ambientales y el contacto previo con microorganismos contribuyen a configurar ese estado inmunitario de partida. El microbioma intestinal podría formar parte de ese entramado y ayudar a explicar por qué una misma vacuna provoca respuestas diferentes entre individuos.

La relevancia del hallazgo reside, precisamente, en que desplaza parte de la atención hacia las condiciones que existen antes de la vacunación. Si futuras investigaciones confirman estos mecanismos, podrían desarrollarse herramientas para identificar a las personas con mayor predisposición a sufrir determinadas reacciones y diseñar estrategias que reduzcan su intensidad sin comprometer la protección.

Por ahora, esa posibilidad sigue siendo una línea de investigación, no una solución disponible. La vacunación continúa siendo una de las intervenciones más importantes para prevenir enfermedades infecciosas graves, y comprender mejor sus efectos secundarios puede contribuir a mejorar la experiencia de los pacientes y a responder con evidencia a sus preocupaciones.

El reto científico consiste en determinar hasta qué punto el microbioma puede ayudar a predecir esas reacciones y si es posible modificarlo de forma segura y eficaz. La respuesta podría mejorar el conocimiento de la inmunidad humana, pero todavía queda camino por recorrer antes de convertir estos descubrimientos en recomendaciones clínicas. @mundiario

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